What the F...?
Aquí no está un relato de cómo el alcohol destruye la vida y los sentidos. Este espacio textual es una expresión viva, visual, de todo lo que he vivido empuñando una copa en una mano y el impulso espontáneo de vivir en la otra.
He sido considerada: jugosa, alegre, patética, odiosa, insoportable, vergonzosa, deshinibida y loca. Pero todo eso no es ni la mitad de la complejidad que compone a mi ser. No es nada. Es la suma y resultado de una serie de momentos en los que no supe expresarme de la forma más adecuada mientras aprendía a vivir.
En este blog quiero plasmar recuerdos que ya no sé si tengo y experiencias que entrenaron mi paladar. Ahora sé que el alcohol no es ni el culpable de ni la respuesta a todos los males. Es un sabor, un gusto, un adherido que gatilla todos los excesos, inclusos los del "ser".

sábado, 21 de enero de 2012

Menta

Todo verde... todo era verde.

A nadie le gusta hablar de la primera vergüenza que alguna vez le tocó enfrentar a causa del alcohol. Pues yo, en busca de ejercitar mi escritura y de recuperar gran parte de mis recuerdos perdidos, tengo una buena anécdota. El único detalle era que no sabía si referirme a ella como "me da igual, me da igual" o "todo verde". Ya saben cuál ganó.

Para enfatizar la pérdida de mis recuerdos, no me queda claro si tenía 15 o 16 años de edad. Uf! Creo que 16, pues aconteció durante el primer semestre de mi penúltimo año de enseñanza media. Muy bien. ¿Cómo comenzar? No vi hadas ni duendes verdes. Tampoco elefantes rosados a lo "Delirium Tremens". No vi nada, pero se sintió horrible.

Por esos años solía gustarme mucho beber menta, claro que en moderadas cantidades, como se supone se debe ingerir. La menta es un bajativo, ¿qué quiere decir eso? Pues quiere decir que te ayuda a bajar la comida. Es un digestivo. Se sirve en pequeñas copas, una por persona, después de una contundente cena o almuerzo. Nada más. No es un líquido que sea agradable mezclar con otras cosas porque tiene más grados alcohólicos que un vino y no, no, no, no, no es bueno consumirlo por deporte en botellas. Y me refiero incluso a las petacas (dícese de la botella individual que algunos miembros de la raza humana adoran llevar escondida en el saco).

Una noche en que me creía muy viva para mi temprada edad, asistí a un encuentro de rol con amigos de mi hermano mayor. Sentía curiosidad por todo eso de los Vampiros y la interpretación de roles. Sentirse otro, ser otro. Sin mencionar que el vampiro como personaje literario tiene altos contenidos de erotismo. Era excitante pensar en vestirse de cierta forma y actuar con más personalidad y caracter del normal. Fue divertido. Lo admito. Pero la caña al día siguiente, se las encargo.

Todo partió muy inocente. Parecía una fiesta gótica cualquier. Muchas personas conocidas vestidas de negro con maquillaje exagerado y útiles (no daré más detalles) Grupos de personas conversando, música oscura y planes de conspiración dentro del mismo juego de rol. Yo enganché con otro personaje que se sentía tan ajeno como yo a todas esas revueltas de personajes excéntricos. Nos olvidamos del juego y en un afán de querer ser quien no era hasta ese momento comencé a beber de la petaca de menta que aquel ser empático traía consigo. Primero el sabor era fuerte y exquisito. Entraba en mi garganta suave para dejar un raspor al final. Lo saboreo ahora mientras lo recuerdo. Entre beber el asqueroso vino que hacían pasar por "sangre" en ese encuentro vampírico y beber una fría menta espesa, elegí pésimo, elegí tres petacas de menta marca "El Gaitero". Oh qué asco siento ahora.

Al salir de aquel lugar el mundo se movía a mi alrededor y conmigo. Comencé a decir estupideces, a hacer estupideces y a vomitar. Me desmayé en el puerto cuando volvía de orinar en un rincón oscuro. Ni siquiera sé por qué no usé el baño del lugar en donde fue la fiesta. "Oh my god". El ser extraño que estaba conmigo me cargó hasta cerca del lugar en donde acontecía el encuentro. Un amigo nos encontró mientras yo me deshacía en la calle vomitando hasta el almuerzo. Mi primera experiencia significativa con el alcohol no fue placentera por completo, pero sí me marcó por el resto de mi vida. Aún no bebo menta y ya han pasado 10 años desde aquella noche.
Fui cargada en un taxi, vomité. Fui arrastrada en una casa, vomité dejando marcado mi camino. Fui dejada en una habitación, escupí verde toda la noche. Y cuando llegó el momento una conocida me trajo de vuelta a mi hogar. 16 años y ebria. Todo era verde.

Mi madre me esperaba hacía horas. Debí llegar mucho antes lo que llegué. Salió, me miró enojada y dijo "... estás curada, estás pasada a trago" y yo con mi dulce ingenio de primeriza en un camino que me tocaría recorrer años y años respondí: "sí, pero ya no tanto".

Lo recuerdo ahora como si fuera anoche. Qué asco.


Todo era verde.

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